“¡Ay Dios! ojalá algún día la raza humana cambie”
Fueron las demoledoras palabras de Andrés, un maquinista en Chile , que tuvo que frenar de golpe el tren que conducía para no arrollar a un perrito encadenado sobre los rieles.
No dudó ni un segundo: bajó de la máquina, lo liberó y se quedó con él unos momentos para consolarlo.
La crueldad humana parece no tener límites , y aunque suene repetitivo, duele más cuando estos actos nos recuerdan cuánto hemos perdido como sociedad.
Aun así, gestos como el de Andrés devuelven un poco de fe en la humanidad .
