Tres universitarios dispararon “por diversión”. El animal sobrevivió al dolor y al pánico… pero la justicia no estuvo a la altura.
El castigo fue una multa y servicio comunitario. Para el dueño, eso no era justicia, era permiso.
Decidió enfrentarlos. Sin armas. Solo un reto:
“Peleen con alguien de su tamaño”.
Lo que no sabían es que su vecino es cinturón negro en jiu-jitsu. El encuentro fue breve, caótico y humillante. Cuando llegó la policía, los estudiantes estaban golpeados y el dueño, esposado.
Hoy cumple 30 días en prisión. En su foto policial aparece sonriendo.
No por orgullo, sino por convicción.
“Los chicos necesitan aprender que hay consecuencias”.
