Los diputados que buscan sobrevivecia desesperada aunque les cueste su dignidad 

 

Las ocurrencias de algunos diputados marcan la historia de la estupidez y desfalcan el bolsillo del pueblo que pide a gritos un cambio real.

 

EL PETARDO/ La Opinión de Adolfo Tenahua Ramos

 

En la política local hay una constante que no cambia: el poder no se ejerce, se administra… y se exprime hasta la última gota. Por eso no sorprende ver a diputados que, tras probar las mieles del erario, entran en una fase de supervivencia desesperada donde la dignidad pasa a ser moneda de cambio.

 

Ganar más de 145 mil pesos por levantar la mano cuando llega la instrucción desde el poder no es un mal negocio. El problema viene después, cuando el reloj legislativo se agota y la realidad toca la puerta: regresar a la vida común. Es ahí donde muchos entran en pánico. Tres años de privilegios generan adicción, y la abstinencia política los lleva a hacer cualquier cosa con tal de seguir vigentes.

 

Así se explica el desfile de ocurrencias, actos públicos vacíos y protagonismos forzados que hoy ofrecen varios legisladores. No buscan representar a la ciudadanía; buscan no desaparecer del presupuesto.

 

El caso de Sandra Aguilar es ilustrativo. Llegó con el discurso de oposición, crítica y vigilancia, pero bastó una señal para alinearse. Dejó atrás la supuesta rebeldía y ahora apuesta por una campaña anticipada en Apizaco, disfrazada de activismo social. Balones, sonrisas, dominadas futboleras y silencio absoluto frente al poder. La transformación no fue ideológica, fue presupuestal.

 

Su historial político está marcado por el espacio que le asignó Movimiento Ciudadano en el Poder y que al paso de los días decidió traicionarlos por otro partido -peor- que es el Revolucionario Institucional (PRI), según la oriunda de Hidalgo tomó la mejor decisión con miras al 2027; y si nadie creía en ella en el partido naranja, ahora que está en el tricolor definitivamente tiene la bolsas vacías.

 

Regalar balones y poner retos para patear no es un gran proyecto, hay quienes creen que eso dará miles de votos para ganar en las urnas, pero es una total ridiculez.

 

Aurora Villeda Temoltzin tampoco se queda atrás. Su paso por el Congreso ha sido más notable por los errores que por los logros. Representante de un partido poquitero en estado agónico (RSP), su prioridad no ha sido legislar, sino el protagonismo a cambio de encontrar chamba en el 2027. Entre simulaciones, desplantes y escenas que rozan lo absurdo —como la obsesión por privilegios internos que exhiben una desconexión total con la realidad— ha dejado claro que el cargo le quedó grande.

 

Promover al aspirante Alfonso Sánchez García para que los reflectores la consideren en Morena no es buena idea, por el contrario pareciera que su armadura y dignidad política de diputada la arrojó al bote de basura y se puso a repartir estampitas de color marrón con intenciones de asegurar trabajo en el próximo sexenio.

 

Y es que ya nada volvió hacer igual desde que la diputada Miriam Martínez la encaró y la dejó en ridículo frente a sus homólogos y a los tlaxcaltecas, cuando la panista delató que la señora se dedica a grabar videos de Tik Tok en el Congreso que no abonan en nada en el quehacer legislativo y que fue la impulsora para la instalación de cagaderos VIP como si los diputados fueran de sangre azul, además de que en el comedor se molesta si el personal administrativo ingiere alimentos en la “mesa grande”, al parecer ese espacio es para gente con alto rango.

 

Al interior del Palacio Juárez se informó que la polémica política siempre aparta sillas en el comedor para sus amigos cercanos (diputados) y todos estén juntos como una familia. Esto de apartar lugar lo habría aprendido de la dueña de una panadería que colocaba un letrero en la calle para que nadie le tapara la vista. Eso hay que sumarle que su llegada a la curul fue por acciones afirmativa y en su caso representa a la comunidad LGTB+ pero eso solo es de dientes para fuera porque en la práctica nunca ha movido un dedo para beneficiar al sector que representa.

 

Y cuando la política se convierte en espectáculo, aparecen perfiles como el de Emilio de la Peña Aponte, quien parece haber confundido el Congreso con un set fotográfico. Ausencias, distracciones y viajes personales que pesan más que su trabajo legislativo. Su episodio en París y su propuesta de matrimonio a su pareja sentimental fue una mentada de madre para el pueblo que le dio la confianza, mientras en Tlaxcala se discutían temas relevantes, no es anécdota: es síntoma. El cargo como pasarela, no como responsabilidad.

 

Hoy regresa, sonríe, saluda, abraza a la gente de Zacatelco. El libreto es viejo: reaparecer cuando se acercan las elecciones. Pronto tocará puertas, pedirá votos y hablará de compromiso social con miras a la alcaldía. Lo hará con la misma facilidad con la que ignoró su función pública.

 

El problema no es solo individual, es estructural. Tlaxcala no tiene representantes: tiene sobrevivientes políticos. Diputados que no legislan, no incomodan al poder y no construyen futuro. Solo administran su presente y planean su siguiente cargo.

 

La pregunta es cuánto más está dispuesto a tolerar el ciudadano. Porque mientras ellos juegan a la política, la factura la siguen pagando los mismos: los de siempre.

 

Y a ese ritmo, la indignidad ya no es excepción. Es requisito.