La mandataria aceptó que grupos delictivos utilizan a Tlaxcala como punto estratégico para deshacerse de cadáveres.
Las recientes declaraciones de la gobernadora Lorena Cuéllar han generado indignación y preocupación en la entidad, luego de reconocer abiertamente que cuerpos sin vida están siendo abandonados en territorio tlaxcalteca para dificultar las investigaciones y aun así, reducir el problema a un tema de “seguir cuidando”.
En entrevista colectiva, la mandataria aceptó que grupos delictivos utilizan a Tlaxcala como punto estratégico para deshacerse de cadáveres, con el objetivo de entorpecer las indagatorias. Una afirmación que, lejos de transmitir control o estrategia, deja al descubierto una preocupante vulnerabilidad en materia de seguridad.
“Es algo que se da”, dijo la gobernadora, en una frase que para muchos refleja normalización de una problemática grave. Porque no se trata solo de cuerpos abandonados, sino de lo que esto implica: operación del crimen, falta de contención y una evidente debilidad institucional para prevenir estos hechos.
Lejos de anunciar acciones contundentes o resultados concretos, la respuesta oficial se centró en medidas como reforzar cámaras de vigilancia y “cuidar más” ciertas zonas. Esto resulta insuficiente frente a un fenómeno que ya rebasa el discurso y se instala como una señal clara de deterioro en la seguridad estatal.
Las declaraciones de la mandataria se interpretan con la intención de proyectar a Tlaxcala como una zona permisiva o vulnerable, lo que podría incentivar aún más estas prácticas criminales.
A esto se suma el impacto social. La gobernadora reconoció que estos hechos “alteran a la ciudadanía”, pero evitó profundizar en el miedo, la desconfianza y la percepción de inseguridad que crecen entre la población. Para muchos, no se trata solo de una molestia, sino de una alerta roja sobre lo que está ocurriendo en el estado.
La postura de Lorena Cuéllar ha sido interpretada como evasiva y carente de autocrítica, en un momento donde la exigencia ciudadana apunta a resultados, no a explicaciones que parecen justificar lo injustificable.
Tlaxcala enfrenta no solo el problema de la violencia, sino también el de un discurso oficial que, en lugar de confrontarlo con firmeza, lo minimiza y no hay acciones contundentes para atender el problema.
