Luis Antonio Herrera
Nuestra capital está llena de magia, historia y tradición. Pero sus atractivos no terminan en el centro de la ciudad. También están en sus comunidades, en sus paisajes, en sus oficios y, sobre todo, en la gente que conserva con orgullo la identidad de nuestra tierra.
En los recorridos que he realizado por las comunidades del municipio he descubierto algo que vale la pena compartir: tenemos mucho más de lo que imaginamos y, muchas veces, no hemos sabido reconocerlo ni aprovecharlo.
En Santa María Acuitlapilco tuve la oportunidad de convivir con integrantes de la comunidad durante el primer ensayo de la danza de Moros y Cristianos, una tradición que forma parte de la fiesta grande de noviembre.
Ver a las personas prepararse para mantener viva esta expresión cultural me recordó que las tradiciones no sobreviven por casualidad. Detrás de cada danza hay tiempo, esfuerzo, organización y familias que transmiten a las nuevas generaciones aquello que les da identidad.
Preservar estas costumbres significa reconocer el valor de quienes las hacen posibles.
En San Lucas Cuauhtelulpan visité sus manantiales, un espacio de belleza natural que invita a detenerse, disfrutar la tranquilidad y reconocer la riqueza ambiental que tenemos cerca.
Pero conocer estos lugares implica asumir una responsabilidad. No basta con visitarlos y admirarlos; debemos cuidarlos y respetarlos para que las próximas generaciones puedan disfrutarlos.
El medio ambiente necesita una revancha: una oportunidad para recuperar espacios, proteger nuestros recursos y entender que la conservación comienza con nuestras propias acciones.
En San Esteban Tizatlán descubrí otros motivos de orgullo. La Cueva de Oztotl, sus minas y la piedra de xalnene, material pétreo originario de esta tierra y utilizado en la construcción, forman parte de una riqueza natural, histórica y cultural que merece mayor reconocimiento.
A ello se suma el talento de sus artesanas y artesanos. Admirar sus piezas es acercarse a historias de trabajo, creatividad y conocimiento que se han construido con el tiempo. Cada obra tiene detrás a una persona que transforma sus habilidades en patrimonio para su comunidad.
Todo esto me lleva a una reflexión: ¿cuántas veces buscamos conocer otros lugares sin detenernos a descubrir lo que tenemos en casa?
Tlaxcala tiene tradiciones vivas, espacios naturales, conocimientos artesanales y comunidades que merecen ser reconocidas más allá de sus límites territoriales.
Pero para darles el lugar que merecen necesitamos más que fotografías y visitas ocasionales. Hace falta promover estos sitios, preservar sus tradiciones, cuidar el medio ambiente y generar oportunidades para que el patrimonio comunitario se convierta también en bienestar para sus habitantes.
Y eso no depende únicamente de las autoridades. Requiere ciudadanos dispuestos a conocer su entorno, respetarlo, recomendarlo y participar en su conservación.
Por eso, cada recorrido representa una oportunidad para escuchar, aprender y descubrir nuevas razones para sentir orgullo por nuestra tierra. De eso trata la conversación pública.
Tlaxcala merece ser descubierta en sus calles, en sus barrios, en sus paisajes y en las manos de su gente.
Sigamos recorriéndola, escuchando a sus habitantes y compartiendo su riqueza, porque lo que conocemos, lo valoramos; y lo que valoramos, tenemos mayores razones para cuidarlo.
Muchas gracias por su atención. Hasta la próxima.