Además de que las calles se apartan con letreros y en los baños se ingresa con huella digital, ahora el comedor es solo la para la realeza.
Lo que ocurre al interior del Congreso local dista cada vez más de ser “la casa del pueblo”. Y es que testimonios de trabajadores y versiones coincidentes apuntan a una operación discrecional impulsada por un grupo de legisladores, encabezado presuntamente por la diputada Aurora Villeda, donde el uso del poder se ha traducido en restricciones, privilegios y decisiones que rozan lo absurdo.
Ante este medio se denunció que existen áreas dentro del recinto a las que solo ciertos perfiles pueden ingresar sin limitaciones, mientras el resto enfrenta filtros, horarios restringidos e incluso negativas directas.
Uno de los puntos más delicados gira en torno al uso del comedor institucional. De acuerdo con versiones recabadas, se habría instruido limitar el acceso del personal durante los horarios en que diputados hacen uso del espacio. La medida, lejos de justificarse como logística, ha sido interpretada como una estrategia para mantener distancia y evitar cualquier tipo de interacción o supervisión indirecta.
Es decir, los empleados tienen prohibido ingresar al comedor hasta que los diputados terminen de ingerir alimentos, lo que resulta un acto violatorio de derechos humanos y abuso de autoridad.
“Nos están dejando claro que hay clases dentro del Congreso”, señala un trabajador con años de servicio. “Primero ellos, después si sobra tiempo o espacio, nosotros”.
Pero el trasfondo va más allá de la incomodidad. Fuentes internas advierten que estas restricciones podrían estar relacionadas con un intento por blindar conversaciones, acuerdos y dinámicas que prefieren mantenerse fuera del alcance de terceros. Es decir, no solo se trata de privilegios, sino de control de información.
Mientras en tribuna se habla de austeridad, cercanía y rendición de cuentas, en los pasillos —afirman— se consolidan prácticas que apuntan en sentido contrario.
La figura de Aurora Villeda emerge así como parte de un grupo que, lejos de construir institucionalidad, estaría profundizando una cultura de exclusión interna. A esto se suma la falta de posicionamientos claros por parte del resto de diputados, lo que refuerza la percepción de complicidad o, en el mejor de los casos, omisión.
Hoy, más que iniciativas o debates legislativos, lo que está en el foco es la forma en que se ejerce el poder puertas adentro. Y ahí, las acusaciones apuntan a decisiones unilaterales, privilegios selectivos y una creciente distancia entre quienes legislan y quienes sostienen, desde abajo, el funcionamiento del propio Congreso.
