Tlaxcala enfrenta el desgaste político y una crisis de gobernabilidad.
El Petardo / La Opinión de Adolfo Tenahua Ramos
La gestión de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros no solo se mantiene en números rojos, sino que acumula señales claras de deterioro político y social que explican su desplome en la percepción ciudadana. Con apenas 37.80% de aprobación —según la medición más reciente de Cripeso—, Tlaxcala se consolida como el estado peor evaluado del bloque oriente de Morena, en medio de un contexto marcado por inseguridad creciente, protestas recurrentes y una administración señalada por ineficacia.
Con apenas 37.80% de respaldo ciudadano, la mandataria tlaxcalteca no solo se mantiene por debajo de la media, sino que amplía la brecha frente a sus homólogos, evidenciando un gobierno que no logra conectar con la población ni ofrecer resultados contundentes. Mientras tanto, perfiles como Alejandro Armenta alcanzan 57.42% de aprobación; Julio Menchaca, 55.07%; Rocío Nahle, 49.28%; y Salomón Jara, 46.38%, todos muy por encima de Tlaxcala.
La baja calificación se da en un entorno donde la ciudadanía percibe un aumento en los problemas de seguridad. Robos, asaltos y hechos violentos han dejado de ser casos esporádicos para convertirse en una constante que golpea la confianza en las autoridades. La estrategia estatal ha sido cuestionada por su falta de resultados visibles, mientras la sensación de vulnerabilidad crece en distintos municipios.
A la par, el descontento social se ha hecho cada vez más evidente en las calles. Padres de familia, docentes, trabajadores y ciudadanos han protagonizado manifestaciones en distintos puntos del estado, denunciando desde decisiones administrativas mal ejecutadas hasta la falta de atención a demandas básicas. Conflictos escolares, inconformidades por obras públicas y reclamos por servicios deficientes reflejan un gobierno que no logra contener ni atender las crisis.
Mientras otras entidades logran sostener niveles de aprobación más sólidos, en Tlaxcala la administración de Lorena Cuéllar Cisneros no logra salir del fondo, evidenciando una desconexión profunda con la ciudadanía y una falta de rumbo claro.
A esto se suman críticas constantes por fallas en infraestructura, lentitud en la ejecución de obras y una percepción de improvisación en la toma de decisiones. Su discurso de transformación que impulsó su llegada al poder hoy se enfrenta a una realidad marcada por resultados limitados y promesas incumplidas.
La encuesta —realizada a 55 mil personas entre el 1 y el 14 de abril— no hace más que confirmar un patrón: la gobernadora se mantiene como una de las figuras peor evaluadas del país porque su gobierno no ha logrado responder a los principales problemas del estado.
Tlaxcala enfrenta el desgaste político y una crisis de gobernabilidad. Por ahora, los números y el malestar social apuntan a una administración rebasada, sin control de la agenda pública y cada vez más cuestionada.
