El discurso de El Poncho le falta barrio y la encuesta de Ana Lilia Rivera que retumba 

 

Será necesario que El Poncho cambie su modelo público, porque se trata de incomodar al escenario político con un discurso propio y no de seguir guiones a modo.

 

El Petardo / La Opinión de Adolfo Tenahua Ramos

 

En Tlaxcala los tiempos políticos no se adelantaron, se rompieron. La sucesión de 2027 ya se disputa con la ansiedad de quien siente que se le acaba el turno, y en Morena la competencia interna parece más una subasta que un proceso político. Todos levantan la mano, todos se sienten inevitables.

 

Ahí están los nombres: Alfonso Sánchez García, Ana Lilia Rivera, Óscar Flores, Dulce Silva, Carlos Augusto Pérez Hernández y Raymundo Vázquez Conchas. Una lista amplia, ruidosa y por momentos desbordada.

 

Porque si algo ha quedado claro es que la prudencia no cotiza en este proceso.

 

Bardas pintadas, redes saturadas, operadores en campo, encuestas a modo y propaganda disfrazada de “posicionamiento”. Todo ocurre antes de tiempo… y sin consecuencias. Lo más revelador no es que se muevan, sino que lo hagan sin soltar el cargo, ignorando la línea marcada por su propia líder moral, Claudia Sheinbaum. La congruencia, en Morena, se predica, pero no necesariamente se practica.

 

En medio de ese ruido emerge el caso de Alfonso Sánchez García, “Poncho”. Un proyecto que, en papel, lo tiene todo: estructura territorial, estrategia, presencia mediática, operación política. Nada improvisado. Nada dejado al azar.

 

Nada, salvo el liderazgo y el carácter que imponga, una figura que sume masas sin exigirlas y que arranque aplausos sin que sean orquestados. La fuerza de la palabra será la que reconozca que en Tlaxcala hay problemas urgentes que se deben atender como la inseguridad, desempleo, así como atención medica, y, será suficiente para las palmas confíen en el cambio que se proclama.

 

Hace falta hablar de los barrios, del pueblo, de las costumbres, pero sobre todo de las necesidades básicas que poco a poco consumen a los ciudadanos y que nadie escucha su eco, porque tampoco se ha cumplido con la podría Nueva Historia.

 

Porque el problema de Poncho no es la falta de recursos. Es la falta de carácter.

 

Y eso no se construye con bardas.

 

Su candidatura o aspiración tiene músculo, pero no tiene voz. Tiene forma, pero no fondo. Está presente, pero su liderazgo no pesa entre las masas. Y en política, la percepción lo es todo, hoy Poncho se percibe más como un producto bien empaquetado que como un líder que impone.

 

Al equipo del morenista le puede incomodar el señalamiento, pero es necesario que se trabaje sobre la persona, es necesario que se transmita un mensaje directo al pueblo, que hable de la realidad que conecte y que se atreva a dejar los guiones a un lado.

 

Y es que lo que transmite no es firmeza, es cautela. No es convicción, es cálculo. No es fuerza, es tibieza. Y Tlaxcala no está para tibiezas.

 

El estado vive una realidad que no se puede maquillar: inseguridad creciente, redes de trata, falta de empleo, servicios de salud rebasados. Problemas que no se resuelven con discursos ensayados ni con frases genéricas. Se enfrentan con liderazgo, con claridad y, sobre todo, con valentía.

 

Pero Poncho sigue hablando como si pidiera permiso.

 

Le falta romper el guion. Dejar de sonar correcto y empezar a sonar auténtico. Porque la gente no conecta con quien no arriesga. Y hoy, su discurso no incomoda a nadie, pero tampoco inspira a nadie.

 

 

La encuesta del Universal que retumbó en Palacio de Gobierno

 

En política, las encuestas son como los espejos incómodos, no siempre dicen lo que los políticos quieren ver, pero difícilmente se pueden ignorar. Y eso es justo lo que acaba de ocurrir en Tlaxcala con el más reciente ejercicio demoscópico publicado por El Universal.

 

El estudio no deja mucho espacio a la interpretación creativa ese deporte favorito de los aspirantes, coloca a Ana Lilia Rivera como la figura mejor posicionada dentro de Morena rumbo a la gubernatura. No es solo que encabece la intención de voto interna; es que también lidera en atributos que suelen ser más difíciles de inflar: cercanía con la gente y capacidad de liderazgo. Dicho de otro modo, no solo aparece arriba, sino que parece tener con qué sostenerlo.

 

En segundo lugar aparece Alfonso Sánchez García, aunque con una distancia que no admite eufemismos. En política, quedar segundo con “posibilidades” es muchas veces una forma elegante de decir que alguien más ya tomó la delantera. Más atrás se ubica Carlos Augusto Pérez Hernández, en ese tercer escalón donde las aspiraciones empiezan a depender más de los milagros que de las matemáticas.

 

La ventaja de Rivera, hoy por hoy, es clara. Pero en política y más en la mexicana las ventajas no son garantías, son apenas créditos temporales. Se pueden administrar, o dilapidar.

 

La encuesta, pues, no define la elección, pero sí deja algo claro, en palacio de gobierno -se dice- que la inquilina de la podrida Nueva Historia empezó a tronarse los dedos y da mensajes de aliento a su equipo político que pocos creen: “La Encuesta del Universal esta cuchareada” esto ultimo es su perspectiva, pero si ese fuera el caso a que se debe tanta preocupación.